Así funciona el circuito del miedo en nuestro cerebro


¿Dónde nace el miedo? ¿Cómo reacciona nuestro cerebro ante una situación de pánico? ¿Podremos controlar algún día las fobias irracionales? Dos recientes estudios desentrañan el funcionamiento de estos procesos en un pequeño órgano conocido como amígdala, pero en los seres humanos el proceso es especialmente complejo y fascinante.

 Imagina que vas caminando por el bosque, en apenas unas décimas de segundo escuchas un ruido y distingues una sombra detrás de unas ramas. Antes siquiera de comprender que se trata de un oso, tu cerebro ya ha desatado una respuesta masiva por su cuenta. Un pequeño órgano con forma de almendra, conocido como amígdala, centraliza todo el proceso que ahora empiezan a desentrañar los científicos.

Por lo que sabemos hasta ahora, la amígdala es una especie de botón de emergencia de nuestro cerebro. Si nos acecha un peligro inminente, este núcleo activa una señal que reenvía inmediatamente al resto del cuerpo. En ocasiones, el sistema es capaz incluso de activar la respuesta antes de que seamos conscientes del peligro. En algunos experimentos se presentan estímulos subliminales y la amígdala dispara respuestas fisiológicas como la sudoración en las manos, sin que el sujeto sea consciente de lo que le está asustando.

Dos estudios publicados la semana pasada en la revista Nature acaban de descifrar el funcionamiento de lo que los científicos han llamado “el circuito del miedo”. Se ha comprobado la existencia de dos tipos de células neuronales en la amígdala que se turnan para abrir y cerrar las “puertas” del miedo y controlan este proceso de “ida y vuelta”.
 
“La amígdala analiza el ambiente de forma continua en busca de estímulos que predigan el peligro”.

Lo que se ha podido demostrar es que el miedo está controlado por un microcircuito de dos poblaciones antagonistas de neuronas en la amígdala, que actúan como una especie de columpio. Estas dos poblaciones de neuronas se inhiben entre ellas. Es decir, sólo una de las dos poblaciones puede estar activa a un tiempo, alternando entre dos estados.

Aunque aún es demasiado pronto, el conocimiento de cómo funciona el mecanismo interno de la amígdala puede ayudar a desarrollar tratamientos para controlar las fobias y la ansiedad.

 Un órgano antiguo y vital

“El miedo es el estado más intenso en el que pueden entrar tu mente y tu cuerpo y sólo tiene una meta: tu supervivencia”.
 
La amígdala empieza a estar desarrollada en los mamíferos hace unos 220 millones de años. 

“Es la estructura más crítica de las implicadas en las emociones y entre ellas activa los miedos más primitivos, pero siempre de forma muy interactiva con el resto del cerebro”.

Para todos los mamíferos la amígdala todavía coordina de forma principal las respuestas primarias y básicas al miedo ante un peligro. Pero en el caso humano el miedo creció dentro de un panorama de emociones más sofisticadas y del desarrollo de una corteza cerebral cada vez más compleja, con lo que terminó regulando e interactuando con otros impulsos y emociones.


¿Miedos innatos y aprendidos?



Carretié define el miedo como “una reacción rápida del organismo ante un estímulo amenazante con dos componentes: uno psicológico y otro fisiológico que es la respuesta motora del cuerpo”. En la parte psicológica se incluye la memoria de las malas experiencias: nuestro sistema reacciona ante situaciones que en el pasado han provocado problemas. Pero ¿hay miedos innatos? ¿Por qué es tan común que demos un salto ante la presencia de un animal venenoso?

En un experimento que trataba de monitorizar la reacción de la amígdala en presencia de una amenaza tan primaria como una tarántula, reunieron a veinte voluntarios, los introdujeron en un escáner y comprobaron sus reacciones cuando simulaban acercarles una tarántula a los pies.

Entre las conclusiones destaca un hecho curioso: la amígdala no se activa en función de la distancia a la que se encuentre el peligro sino en función de si se aleja o se dirige hacia nosotros. Es decir, la señal se activaba con más intensidad cuando la araña se acercaba a los sujetos, con independencia de la distancia a la que se encontrara. Pero la alerta saltaba sistemáticamente, incluso en aquellos que no creen tener miedo a las arañas.

Básicamente puede decirse que “lo innato es la facilidad para asociar ciertos estímulos a un peligro”, como la presencia de colores llamativos o la forma en que se mueven las patas de la araña.

"De entrada un recién nacido no tendría miedo, pero sí tendría facilidad para asociar ciertos esquemas de color o formas con una amenaza”.
 
Lo que le dará miedo después, a lo largo de su vida, quedará definido por la experiencia.

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