Los mayores, entre la obesidad y la desnutrición



Las cifras difundidas por especialistas aseguran que mientras que casi el 50% de los adultos de la tercera edad tiene un peso mayor al aconsejado, otro 30% no alcanza el umbral de alimentación básica. Cómo combatir los malos hábitos y mejorar su salud




De acuerdo a datos censales de 2010, el 14% de los argentinos es mayor de 60 años, mientras que hacia 2050 el porcentaje alcanzará el 23,5. A la vez, la esperanza de vida se incrementa con el tiempo: mientras que hace años el promedio era de 65 años para el varón y 64 años para la mujer, estimados para el período 2020-2025 proyectan existencias de al menos 81 años para ellos y 74 para ellas.

Estos datos fueron difundidos en el marco del 6° Congreso Latinoamericano y del Caribe, organizado por la Sociedad Argentina de Gerontología y Geriatría (Comlat-IAGG), donde tuvo lugar el simposio denominado Malnutrición en el adulto mayor, que contó con la presencia de los doctores Daniel De Girolami, Mónica Katz y Alberto Cormillot.

“Su ingesta alimentaria se analiza desde las cuatro clásicas leyes, que son la cantidad, la calidad, la armonía y la adecuación”, indicó De Girolami. El consumo de leche, hortalizas, frutas, carnes porcinas y aceites, entre otros, tiene brechas negativas entre lo que el individuo debería comer y lo que efectivamente consume. Reunida en conjunto, la categoría de alimentos de brecha negativa se encuentra en el 58%. En cambio, el consumo de carne vacuna y otros elementos de alta densidad calórica ofrece brechas positivas.


Según la Encuesta Nacional de Factores de Riesgo (2005) en nuestro país, el 49% presentaba sobrepeso o sufría obesidad; el 45% agregaba sal en sus comidas por encima del nivel adecuado; el 35% no ingería frutas ni verduras; y entre el 5 y 30% se encontraba desnutrido.

La alimentación de los argentinos tiene evidentes connotaciones sobre nuestra salud. “Si tomamos como ejemplo la salud cardiovascular, el 50% de los habitantes de la Argentina incrementa su riesgo cardiovascular como consecuencia, en buena parte, de sus malos hábitos alimentarios”, expresó De Girolami.

Hábitos de alimentación y enfermedades

Con el tiempo, el organismo sufre cambios fisiológicos a los que el cuerpo comienza a adaptarse: alteraciones de los sentidos, en la deglutación, en la masticación, e hipoclorhidria, entre otros.

La malnutrición se presenta con mayor frecuencia en la edad avanza y posee una prevalencia alta en las personas mayores. Es así que entre un 6 y un 15% de los ancianos no hospitalizados (es decir, que residen en sus propios domicilios) se encuentran malnutridos, situación que asciende a entre el 25 y 60% de los pacientes que se encuentran internados en algún centro especializado.

Son factores de riesgo asociados a la desnutrición la ingesta inadecuada de alimentos, el apetito, la anorexia, la pobreza, el nivel cultural, el entorno social, la dependencia o discapacidad, las enfermedades, la viudez o depresión y el alcohol, entre otros.

Simultáneamente con la pérdida de peso se presentan otros síntomas como anemia, fatigas, disminución del ritmo cardiovascular y respiratorio, alteraciones del metabolismo en general y de los fármacos, caídas frecuentes, fracturas y deterioro del estado funcional.

“La mala nutrición del adulto mayor incrementa el riesgo de enfermedades, hace a los individuos vulnerables a infecciones que pueden ser motivo de muerte, deteriora la capacidad funcional y afecta y disminuye la calidad de vida”, resumió De Girolami.

Deficiencias nutricionales en el anciano

A su turno, Mónica Katz hizo hincapié en los procesos del metabolismo y sus inevitables consecuencias del envejecimiento como resultado del ciclo de la vida, con referencias a teorías y mecanismos que ocasionan daños en el cuerpo. En tal sentido, mencionó que envejecer es el resultado de diversas variables como la genética, el modo de alimentarse, la vida que se lleva, el estado mental, la red social que se desarrolla alrededor del individuo, lo que se ha hecho para prevenir enfermedades y los tratamientos médicos disponibles.

“Son tres las reglas claves del envejecimiento: ocurre en toda la población, produce cambios en funciones o estructuras celulares y éstos cambios se incrementan en forma progresiva con la edad”, explicó Katz.

El metabolismo es una red de procesos homeostáticos que permiten el desarrollo de la vida. A su vez metabolizar (o procesar el alimento) enferma y produce daño. Es decir que vivir y comer para vivir daña y envejece. Por su parte, la patología es una red de procesos antihomeostáticos que pueden enfermar o matar. Aunque las moléculas metabólicamente activas vayan a poseer una vida media corta, en el tiempo por los años y por acumulación se vuelven peligrosas. En consecuencia, metabolismo implica daño, que puede ser patología y no simplemente envejecimiento.

A modo de conclusión, Katz señaló que “el envejecimiento es inevitable, pero el daño del metabolismo- el costo de vivir y metabolizar la comida que necesariamente tenemos que incorporar- puede mantenerse a nivel subpatogénico”.

Para lograrlo es necesario incorporar una alimentación variada y balanceada, suplementos o drogas (antioxidantes, antiglicación, anticross linking) y restricción calórica sin desnutrición.

Obesidad y complicaciones en el adulto mayor

Finalmente, Alberto Cormillot, encargado de cerrar el simposio, remarcó que la obesidad es una enfermedad y presentó una proyección de valores que indican cómo podría crecer la población de obesos en la Argentina en los próximos años. Según el estudio, en 2005 había un 49% de obesos en el país, mientras que en 2010 el número trepó a 53% y en 2040 podría llegar a 85 por ciento.

Al respecto, el especialista hizo referencia a las causas de la obesidad y mencionó como posibles el aumento de las grasas, la sal y el alcohol y la disminución de micronutrientes. En complemento, se advierte un crecimiento elevado del consumo de las bebidas azucaradas, que representa una de las razones principales de la obesidad actual. Asimismo, existen preferencias alimentarias tempranas, innatas, que tienen ver con la atracción por lo dulce y el rechazo por lo amargo o ácido.

“Uno tiene una ventana de 3 años para trabajar con el niño. Si en esos 3 años logra construir un individuo que sepa comer con los niveles de sal, azúcar y grasa adecuados, habrá logrado un considerable grado de prevención”, indicó.

Existen además creencias que ayudan a mantener la enfermedad. Entre ellas se encuentran la suposición de poseer una debilidad de voluntad o carácter, creer que el problema está resuelto una vez que se consiguió bajar de peso o caer en la trampa de los métodos de reducción de kilos sin hacer esfuerzo.

Cormillot señaló cuatro factores que podrían ubicarse como causas de la obesidad: la cultura (juntarse para comer, vivir lejos del trabajo, consumir comida tercerizada); la industria (que apunta a los estímulos más salientes como grasas, azúcares y sal); el nivel socioeconómico (relacionado con la educación y los ingresos); y el ambiente urbano (una ciudad no preparada para caminar).
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