Los bebés son criaturas excepcionales. Pese a su tierna edad, comprenden las reglas básicas del mundo físico, por ejemplo el hecho de que los objetos son incapaces de «teletransportarse» de un lugar a otro. Recientemente un equipo internacional de científicos sacó a relucir una faceta más del carácter excepcional de los bebés demostrando que son capaces de formarse expectativas complejas acerca del devenir de situaciones nuevas. El estudio, publicado en la revista Science, fue financiado en parte por una Red de formación mediante la investigación Marie Curie llamada DISCOS («Trastornos y coherencia en la expresión del ego») al amparo del Séptimo Programa Marco (7PM) de la UE.




Los investigadores programaron un modelo informático de la cognición infantil que les permitió predecir de manera precisa la perplejidad de los bebés ante acontecimientos que entran en conflicto con su concepción de cómo funciona el mundo físico. Esta herramienta les sirvió para simular un tipo de inteligencia que definen como razonamiento puro y para calcular la probabilidad de que se produzca un acontecimiento específico en función de la información disponible acerca del comportamiento de objetos.


Joshua B. Tenenbaum, uno de los autores del estudio, perteneciente al Departamento de Ciencias Encefálicas y Cognitivas del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, Estados Unidos), informó que su equipo encontró una correlación estrecha entre las predicciones generadas por el modelo y las verdaderas respuestas de los bebés ante tales acontecimientos. Por ello concluyeron que los bebés razonan de una manera similar a la simulada.

«La inteligencia real consiste en que, cuando uno se encuentra en una situación nunca antes vivida pero que comparte algunos principios abstractos con experiencias anteriores, se es capaz de aprovechar ese conocimiento abstracto para razonar de manera productiva ante las nuevas condiciones», explicó el profesor Tenenbaum.

Los hallazgos de este estudio siguen la estela de varias iniciativas científicas recientes que han tratado de estudiar la cognición infantil, y concretamente a las edades de 3, 6 y 12 meses, aplicando el planteamiento de la ingeniería inversa para de este modo determinar lo que saben acerca del mundo físico y social. Los autores describen el modelo informático utilizado en este estudio como un «modelo de observador ideal». Predicen por cuánto tiempo los bebés deberían mirar escenas animadas que en líneas generales se ajustaban a lo que ya sabían sobre el comportamiento de los objetos.

Por ejemplo, a los bebés de 12 meses de edad se les enseñaron objetos de colores, concretamente 3 azules y 1 rojo. Estos objetos rebotaban por el interior de un recipiente. Los científicos tapaban la escena transcurrido cierto tiempo, instante en el que uno de los objetos salía del recipiente por una abertura. Los bebés quedaban sorprendidos si uno de los objetos más alejados de la salida había abandonado el recipiente cuando la escena había quedado tapada durante tan sólo 0,04 segundos. La escena perdía parte de su atractivo cuando se tapaba durante 2,0 segundos, en cuyo caso los bebés sólo quedaban sorprendidos si el que abandonaba el recipiente en primer lugar era el objeto raro, el rojo. En resumen, el equipo concluyó que la salida, el número de objetos expulsados y la distancia influían en los bebés cuando el tiempo de tapado de la escena era intermedio.

Así pues, el modelo permite predecir con exactitud cuánto tiempo los bebés contemplarían la misma salida variando las escenas, el número de objetos, su posición espacial y el retardo temporal.

«Aún no se dispone de una teoría única sobre el funcionamiento de la cognición, pero ya empezamos a describir algunos aspectos fundamentales de la cognición que antes sólo intuíamos», apuntó el profesor Tenenbaum. «Ahora los describimos en términos matemáticos.»
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