Quizá parezca un poco exagerado, pero esa es la argumentación básica de la mayoría de asociaciones que se mueven en el entorno de la pretendida “libertad de vacunación”. Su principal reivindicación es relajar la política pública de vacunación infantil e incluir otras alternativas como la homeopatía o el naturismo, aduciendo que las vacunas no sirven para nada y se practican exclusivamente para enriquecer a médicos y farmacéuticos. ¿Cuanto hay de razón y cuando de paranoia conspiranoica?.



La libertad de elegir


Es evidente que la libertad individual es algo intocable, y que una persona tiene derecho a elegir como quiere vivir o, incluso, como quiere dejar de hacerlo. Sin embargo, la libertad individual tiene ciertos límites que son igual de innegociables: por un lado, aquellos que afectan a la libertad o al bienestar de los demás, y por otro, que el ejercicio de nuestra libertad individual no aliene la libertad de otro. Y justamente en ambos aspectos está el problema de la “libertad de vacunación”.

Por un lado, dejar de vacunarse afecta no solo a la salud individual, sino también a la salud pública. La erradicación de muchas enfermedades no hubiera sido posible sin la vacunación prácticamente universal.

En segundo lugar, un menor de edad no tiene capacidad legal para elegir, debiendo ejercer ese derecho sus tutores legales. En la mayor parte de los casos, estos tutores son los propios padres, aunque el estado vela por ciertos derechos que se legislan como obligatorios. Tal es el caso de la educación, la explotación infantil o las vacunas. Dicho de otra forma, el estado considera que un padre o una madre no puede ejercer la libertad de poner a su hijo a pedir en la calle, de no llevarle al colegio o de no vacunarle. Mucha gente critica este intervencionismo, argumentando que nadie mejor que un padre sabe lo que más conviene a sus hijos; pero desgraciadamente, en los países en los que la legislación es más permisiva en estos aspectos, la mortalidad y explotación infantil se disparan considerablemente (UNICEF, 2008).


Infecciones y sistema inmune


El sistema inmunitario consiste en una serie de mecanismos que protegen al organismo frente a infecciones producidas por agentes patógenos. Prácticamente todos los seres vivos presentan mecanismos inmunológicos, incluyendo bacterias e invertebrados (Beck & Gail, 1996; Salzet et al. 2006).

Sin embargo, el sistema inmune más avanzado aparece en la línea evolutiva de los vertebrados, los cuales han desarrollado el que ha venido a denominarse Sistema Inmune Adaptativo, ya que es capaz de responder específicamente a distintos agentes patógenos. Frente a una infección, ciertas células sanguíneas (un tipo especial de linfocitos) son capaces de detectar determinadas estructuras moleculares del patógeno (denominadas antígenos) y sintetizar unas moléculas de respuesta (anticuerpos). De esta manera, cada tipo de anticuerpo es específico de su antígeno o, dicho de otra forma, de su microorganismo concreto, con lo que la respuesta inmunitaria a un virus de la gripe es específica y diferente a la elaborada, pongamos por caso, frente a un resfriado.




Mycobacterium tuberculosis. Foto: University of New South Wales, Australia.


Una característica aún más sorprendente del Sistema Inmune Adaptativo es su capacidad de recordar infecciones pasadas, mediante una memoria molecular para los antígenos que han infectado en alguna ocasión el organismo. Esta memoria consiste, básicamente, en que algunos linfocitos de los que intervinieron en la síntesis de antígenos frente a la infección, se convierten en células de memoria, con una vida muy larga y preparadas para reconocer y activar rápidamente una respuesta inmune si el agente patógeno que produjo su síntesis vuelve a infectar el organismo.

De esta forma, muchas enfermedades infecciosas, como el sarampión o las paperas producen inmunidad, dado que una vez sufrida, los linfocitos de memoria quedan preparados para atajar una nueva infección rápidamente. Por ello, generalmente y a no ser que falle el sistema inmune, estas enfermedades suelen sufrirse una sola vez en la vida. Sin embargo, esto no funciona siempre, ya que algunos microorganismos, como el virus de la gripe, mutan con tanta frecuencia que la cepa que infecta un año resulta tan diferente de la del año anterior que no es reconocida por las células de memoria inmune. Estas enfermedades no producen inmunización, por lo que es normal padecerlas más de una vez.


¿Qué es una vacuna?


La inmunidad ante una enfermedad, adquirida de forma natural como resultado de haberla sufrido, puede inducirse artificialmente mediante una vacuna. La vacunación consiste en producir una leve infección que no llegue a causar los síntomas de la enfermedad, pero que sea suficiente para provocar la síntesis de anticuerpos y la formación de linfocitos de memoria específicos.

Aunque la investigación está produciendo nuevos tipos de vacunación, tradicionalmente podemos distinguir cuatro categorías de vacunas:

dijo:

Inactivadas: están conpuestas por organismos patógenos tradados física o químicamente para que pierdan su capacidad dañina. Las vacunas de la gripe, el cólera y la hepatitis A son de este tipo.

Atenuadas: formadas mediante microorganismos seleccionados mediante cultivo bajo condiciones que les hacen perder su virulencia. El sarampión, la rubeola o las paperas se combaten con este tipo de vacunas.

Toxoides: elaboradas a partir de componentes tóxicos inactivados que se obtienen a partir de los microorganismos. Dos ejemplos de este tipo son la vacuna antitetánica y la antidiftérica.

Subunitarias: cuando se conoce la estructura del patógeno que induce la respuesta inmune, puede administrarse únicamente este fragmento, obteniendo una vacuna más segura. Es el caso de las vacunas contra la hepatitis B.




Al igual que ocurría con las enfermedades reales, si el patógeno no muta con demasiada rapidez, las vacunas pueden servir para extensos períodos de tiempo (como las de la rubeola o la hepatitis) o, por el contrario, ser necesaria su administración regular, incluso cada año (como en el caso de la gripe)

Es importante señalar que tras la vacunación, y una vez concluido el proceso de inmunización, el organismo no almacena ni los agentes patógenos, ni secuelas de la enfermedad real ni nada por el estilo. El único recuerdo son las células inmunitarias de memoria propias, que pasan a engrosar la reserva de armas de nuestro sistema inmune.


La efectividad de las vacunas


Antes de aportar estadísticas, estudios clínicos o cualquier otra prueba sobre la efectividad de la vacunación, cabría realizar una sola pregunta que por sí sola desmonta toda la paranoia antivacunas: si la vacunación, que se ha convertido en un procedimiento generalizado, fuera negativa ¿porqué mueren muchísimos menos niños y ancianos que antes de que ésta se universalizara?. Si esta práctica es tan nefasta, ¿no sería lógico que la mortalidad infantil se hubiera disparado?.

A pesar de que ésta representa una razón suficiente como para plantearse la seriedad de la pretendida conspiración farmaco-médica, los datos más simples y accesibles confirman que, realmente, nuestra calidad de vida y descenso de mortalidad -especialmente infantil- tienen mucho que ver con la generalización de las campañas de vacunación, especialmente de vacunación temprana.

Son muchos los ejemplos de enfermedades infecciosas que han pasado, si no a la historia, al menos a presentar una incidencia muy moderada cuando antaño fueron verdaderas pandemias que arrasaban con millones de vidas.



Víctima de viruela en Zaire, en la década de 1970. (Foto ©OPS/OMS)


La Viruela, una enfermedad infecciosa de naturaleza vírica con una antigüedad de al menos 3.000 años, representa una enfermedad prácticamente sin tratamiento, llegando a alcanzar en algunos momentos de la historia un 30% de mortalidad entre los infectados. Fue la primera enfermedad para la que se obtuvo una vacuna y, tras extensas campañas de administración masiva, el último caso conocido se produjo en Somalia en 1977; la OMS declaró la enfermedad erradicada del planeta en 1980.

Si la viruela no hubiera sido erradicada, esta afección figuraría según la OMS entre las seis enfermedades infecciosas responsables del número más grande de muertes en el mundo.

La Poliomielitis, otra enfermedad vírica, produce la destrucción de las neuronas motoras de la médula espinal, causando parálisis aguda que puede traer como consecuencia incapacidad física permanente e incluso la muerte. Antes de que existiera la vacuna contra la polio, se reportaban anualmente entre 13.000 y 20.000 casos de polio paralizante sólo en Estados Unidos. Las campañas de vacunación que se realizaron a nivel mundial a partir de la década de 1950, han convertido a esta enfermedad en candidata a ser la segunda enfermedad erradicada de la superficie de la Tierra: la Iniciativa de Erradicación Mundial de la Poliomielitis ha reducido los casos de poliomielitis en un 99% (471 casos mundiales en 2007) y ha evitado que 5 millones de niños quedaran paralizados.



Incidencia de la polio en España desde 1949 a 1989. Datos del Centro Nacional de Epidemiología, Instituto de Salud Carlos III


En España, a pesar de comenzar demasiado tarde las campañas de vacunación (la primera se realizó en 1963), los resultados fueron excelentes, reduciéndose la incidencia en un 90% tras el primer año de campaña. El último caso de poliomielitis en nuestro país se produjo en 1989.

El sarampión, la meningitis B, la tos ferina, la rubéola, la varicela y otras muchas enfermedades que supusieron verdaderas plagas para la humanidad, han visto reducida su incidencia en más de un 90% debido a las campañas extensivas de vacunación.

Otras enfermedades, incluso aquellas que precisan una vacuna anual, están respondiendo de forma igualmente esperanzadora a las campañas de vacunación. En los últimos años se ha estimado que la vacunación contra la gripe evita una muerte por cada 302 personas vacunadas (Voordouw et al., 2004), representando de un 70% a un 80% de reducción de la mortalidad en personas de edad avanzada en todo el mundo (OMS, 2003).

Hoy día se estima que la vacunación evita 3.000.000 de muertes al año en todo el mundo y 750.000 niños son salvados anualmente de sufrir algún tipo de discapacidad (OMS, 2001).


Efectos adversos de las vacunas


Como cualquier medicación, las vacunas pueden presentar contraindicaciones o efectos adversos. Si bien existen una serie de reacciones frecuentes que pueden ser calificadas de normales y que no producen ningún problema ni secuela (hinchazón y dolor en la zona del pinchazo, fiebre, manchas en la piel), en ocasiones pueden presentarse efectos adversos que únicamente de forma excepcional pueden producir la muerte.

La crítica de la mayor parte de asociaciones antivacunación se basa fundamentalmente en estos casos excepcionales, que si bien representan un porcentaje infinitesimalmente inferior a las muertes que se producirían en caso de abandonar la vacunación masiva, resultan muy llamativos y muy aclamados por los medios de comunicación. Sin embargo, recurriendo a sus propios datos en estados unidos se registran 11.000 reacciones adversas a vacunas por año, de las que un 1% han producido la muerte. Es decir, 100 fallecimientos por año. Solamente la Difteria producía 13.000 muertes por año en 1920 frente a un único caso en 1998, la tos ferina 7.000 muertes al año en la década de 1930 frente a 7 muertes en la década de 1980 y la viruela producía hasta 1945 (fecha del último caso) entre 1.000 y 1.500 muertes por año.

Ni siquiera es necesario hacer números para observar la espectacular mejoría que para la esperanza de vida supone la vacunación. Lamentablemente, como en todo tratamiento médico, existen riesgos, pero infinitamente inferiores a los que existían antes de la generalización de la vacunación cuando, recordemos, las enfermedades infecciosas eran una de las principales causas de mortalidad en todo el planeta. Como dato comparativo, en Estados Unidos se reportan anualmente de 100 a 500 muertes por choque anafiláctico producido por penicilina, cifras similares a las producidas por intoxicación por aspirina.

Otros aspectos que se están investigando, como la relación de ciertas vacunas con el autismo, o los efectos negativos del Thimerosal (preservante que incorpora mercurio), son los habituales en el desarrollo y administración de cualquier medicamento.

Todo esto nos indica que, a pesar de la incuestionable mejora que para la salud pública han supuesto las vacunas, es necesario seguir investigando para minimizar todos los aspectos negativos posibles. Pero en ningún caso la solución pasa por evitar la vacunación, dado que las consecuencias serían incuestionáblemente más catastróficas que estos efectos adversos.


Pero, yo no he vacunado a mi hijo y está muy sano


Los testimonios de padres que se vanaglorian de no haber vacunado a sus hijos y de que éstos se han desarrollado sin ningún problema, son muy abundantes en los foros antivacunación. En tales testimonios se detectan dos graves defectos: una total ignorancia de las enfermedades infecciosas y una temeraria insolidaridad social.

Gracias a la vacunación masiva, la incidencia de muchas enfermedades infecciosas es mínima. Esto quiere decir que hay muy pocos virus o bacterias en el medio, al escasear los individuos infectados. De esta forma, un niño aislado sin vacunar tiene pocas posibilidades de contraer la enfermedad. Sin embargo, este niño está actuando como un parásito del resto de la población infantil vacunada, que es la que en realidad le está permitiendo estar sano sin inmunizarse. Si este comportamiento lo siguiera una gran parte de la población, la primera infección produciría una epidemia de dimensiones decimonónicas, al encontrar un campo abonado sin resistencia a la propagación


Fuente

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