¿Trihalometanos en agua potable?




El agua que sale por el grifo, o agua de boca, no debería desencadenar, inicialmente, ningún problema de salud pública. Este objetivo se ha conseguido, tras muchos siglos de problemas de transmisión de gran cantidad de brotes epidémicos con miles y miles de afectados, gracias al uso, entre otros, del hipoclorito. Durante siglos se ha hecho evidente la presencia de cólera en toda Europa sin conocer cuál era el agente causal, hasta que se evidenció que la fuente de diseminación de la infección era el agua, que actuaba como vector del vibrión colérico. Actualmente, este problema ha quedado erradicado de muchos países, gracias a la eliminación de microorganismos en el agua de consumo a través de la adición de sustancias potabilizadoras o higienizantes.

De acuerdo con la normativa comunitaria vigente, es necesario controlar la concentración de trihalometanos en el agua potable, una sustancia que se forma al reaccionar la materia orgánica con el cloro utilizado en la potabilización. Este tratamiento puede llevar a la formación de sustancias del tipo del cloroformo o similares, con potenciales niveles de toxicidad. En este sentido, los trihalometanos se han relacionado con algunos tipos de cáncer, como cáncer de pulmón, de pecho en mujeres y de vejiga en hombres.



¿Por qué se contamina el agua?


Los trihalometanos constituyen un problema recurrente en los procesos de potabilización convencionales El agua que discurre por los cauces naturales no suele cumplir con los mínimos higiénicos que garanticen el consumo sin riesgo sanitario. El agua, por definición, ha de ser incolora, inodora e insípida, pero se le añaden multitud de contaminantes orgánicos. Generalmente, en los nacimientos de los ríos el agua es segura, pero conforme va descendiendo encuentra restos de materia fecal animal, excrementos que se entienden como restos naturales que proceden de animales que pueden estar enfermos o ser portadores de enfermedades peligrosas (tuberculosis, brucelosis, carbunco, infecciones de piel con abcesos o bolsas de pus, entre otros). Esta contaminación se diluye en el agua y no se ve, pero se puede padecer.

Conforme este cauce discurre, puede contactar con cadáveres de animales que poseen una elevada contaminación, materias fecales procedentes de núcleos urbanos no bien depurados o de explotaciones agrarias o ganaderas, incluso por parques naturales controlados. Por ejemplo, la agricultura biológica propugna el uso de abonos naturales, entre los que se pueden considerar materiales fecales con elevada contaminación microbiológica. Los microorganismos pueden pasar al agua y de aquí ser distribuidos a núcleos de población importantes.

Los trihalometanos constituyen un problema recurrente en los procesos de potabilización convencionales. Según datos del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el amonio presente en las aguas residuales evita que el cloro reaccione con la materia orgánica, impidiendo la formación de estas sustancias. Este amonio se encuentra en las aguas residuales en concentraciones variables, pero es muy escaso en las aguas de bebida.

En realidad, los niveles de trihalometanos detectados en las aguas residuales desinfectadas son inferiores a 20 microgramos por litro, por debajo de los límites establecidos por la legislación europea actual (150 microgramos por litro); e incluso son inferiores a los niveles marcados por la futura legislación, que a partir de 2009 establecerá un límite máximo de 100 microgramos de trihalometanos por litro para el agua potable de consumo público.

Estos datos son muy significativos, puesto que mientras se van a poder formar estas sustancias en el agua de bebida, donde son más peligrosos, será menos frecuente en el tratamiento de las aguas residuales que se van a verter al medio ambiente. La ausencia inesperada de formación de trihalometanos durante la cloración de aguas residuales, a pesar de su elevado contenido en materia orgánica, radica en que el agua residual, a diferencia del agua potable, contiene concentraciones significativas de amonio, el cual reacciona con el cloro y promueve la formación de cloraminas. Las cloraminas inorgánicas tienen un efecto desinfectante y una menor reactividad con la materia orgánica.





TRATAMIENTO Y PREVENCIÓN


Los tratamientos propuestos para la higienización del agua han sido varios, como la cloración y la ozonización, que son los más utilizados. La cloración es la que se usa en la mayoría de los países debido sobre todo al bajo coste del hipoclorito y a su enorme eficacia, ya que asegura una adecuada desinfección del agua de consumo. En particular, el país que emplea el hipoclorito de forma más generalizada y a elevada concentración es EEUU. En Europa, todos los países mediterráneos y el Reino Unido emplean el hipoclorito de forma generalizada, mientras que los países nórdicos y Alemania rechazan el aroma y sabor a potabilizante que le confiere el cloro. Por tanto, en estos países no se recomienda el consumo de agua del grifo.

Hoy por hoy, el hipoclorito, junto con otras sustancias cloradas, siguen siendo los desinfectantes más utilizados y, aunque existan otras alternativas, su sustitución por otro agente puede que no sea aplicable en todos los casos por motivos técnicos. Desde hace tiempo, se ha señalado el riesgo de acumulación de trihalometanos (THM) en el agua por la combinación entre materia orgánica del agua y derivados halogenados (cloro o flúor, entre otros). Se trata de un proceso habitual asociado a la desinfección previa al consumo, necesaria para prevenir la aparición de infecciones de origen hídrico. Una de las soluciones es la de sustituir el potabilizante. Uno de estos sustitutos es el ozono, aunque su uso requiere modificar las instalaciones actuales. Una opción que permite continuar trabajando con las plantas actuales es el empleo de filtros de carbón activo, con propiedades fijadoras y capacidad de retener los THM y otras sustancias, eliminándolas del entorno. El producto final cumple con los estándares de calidad y seguridad de forma sencilla.

La reutilización de aguas residuales es uno de los métodos que permite garantizar un abastecimiento sostenible de agua para usos no potables, como el riego agrícola y de campos de golf o la recarga de acuíferos. Para eliminar los microorganismos patógenos y minimizar el riesgo inherente a las aguas residuales es imprescindible someter el agua a un proceso de desinfección adecuado. La cloración y la exposición a la luz ultravioleta son dos de los métodos de desinfección más utilizados. Los datos actuales aconsejan utilizar el hipoclorito para minimizar el riesgo que puede comportar la reutilización planificada de un agua residual, pero necesita que en el agua exista también amonio para limitar la formación de THM. En caso contrario, también sería necesario incorporar filtros de carbón activo.
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