Entre un 3 y un 7% de niños padece Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, una enfermedad que da lugar a menores de edad impulsivos, desordenados o traviesos y padres que encuentran muchas dificultades en la crianza




El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es una enfermedad genética que se presenta en entre un 3 y un 7% de niños en edad escolar. Su principal problema es el desconocimiento, ya que es un trastorno silencioso y confuso que se camufla entre otras características propias de la personalidad.

No existen test biológicos o pruebas psiquiátricas para detectar este trastorno. Tampoco hay síntomas ni dolencias específicas, sino alteraciones en la personalidad y las facultades de quienes lo padecen. «No es una enfermedad, es su carácter», es una de las muchas frases que pueden convertir a un chico con TDAH en un ignorante acerca de su trastorno. «Vago», «travieso» o «desordenado», son los adjetivos a los que día a día se enfrentan con impotencia miles de padres.

El trastorno no tiene por qué ser excesivamente traumático si se detecta en edades tempranas, aunque, precisamente, tiempo y silencio son dos factores que juegan en su contra. En el caso de los niños, no saben por qué son como son, por qué se caen con frecuencia o pierden continuamente sus cosas.

En cuanto a los adultos, se culpan por lo que creen que es su personalidad. Los padres, por su parte, se castigarán por no conseguir enderezar la conducta del niño.«El número de divorcios es muy elevado en padres que tienen hijos con TDAH. Hay familias con un hijo hiperactivo que están totalmente rotas», comentan especialistas».


Los «típicos niños malos»


El diagnóstico del TDAH solo es fiable a partir de los seis años, pues antes de esta edad los síntomas pueden confundirse con el comportamiento habitual del niño en la infancia. La llegada a la educación primaria y el aumento en el nivel de exigencia hacen que pueda llegarse al diagnóstico. «Los niños con TDAH se portan mal, tienen malos resultados escolares, algo muy común en otros compañeros», apunta una madre, para quien «el chico malo o el adolescente ni-ni sí puede tener una explicación psiquiátrica y puede ser fácilmente un chico con TDAH».

Isabel Rubió, presidenta de la Fundación ADANA, cuya finalidad es mejorar la calidad de vida de personas con este problema, explica que, aunque es necesario alertar de la enfermedad y dar a conocer este trastorno, hay que tener en cuenta que «no todo niño hiperactivo o joven problemático tiene TDAH». Hay, de hecho, una premisa que ha de cumplirse en todos los casos: «La enfermedad tiene que acarrear un severo impedimeento en la vida personal del paciente. Si no, las causas de su conducta serán otras, como una mala educación».


Tiempo y silencio


Pero el silencio no es la única barrera que juega en contra de este trastorno. Palabras como «medicación» y «psiquiatría» llevan a los padres a buscar explicaciones distintas a las de la enfermedad mental. «Tienen mucho temor a los efectos secundarios y a llevar al niño al psiquiatra», explica Rubió. «Se están estudiando alternativas a la medicación, pero por ahora es la mejor herramienta para que el cerebro del niño crezca al ritmo de sus compañeros y amigos».

Con la medicación adecuada y un correcto tratamiento por parte de padres y profesores el trastorno, aunque crónico, puede sobrellevarse con normalidad durante la edad adulta. «Tenemos niños con TDAH que ahora estudian carreras universitarias con muy buenos resultados», comenta Rubió.
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